6 mar. 2012

SE ME CAEN LOS BOTONES

Daniel P. Espinosa


RELATO GANADOR.

IV PREMIO CRYPTSHOW DE RELATO FANTÁSTICO (2011).




El jefe apareció de improviso y se puso a gritar a Nofredo a un palmo de su cara. Le salpicaba la nariz con su saliva. Todos sus compañeros giraron la cabeza y los miraron, más que con otra emoción, con morbo. Eran demasiados errores de cuentas aquel trimestre, y sabían que era cuestión de tiempo que allí hubiera sangre. Nofredo se puso muy rojo, mirando al jefe sin decir nada mientras éste se impacientaba y volvía a gritarle, esta vez al oído por si no lo hubiera escuchado, hasta que por fin Nofredo golpeó la barbilla contra el pecho y dejó caer los brazos, como si se quedara sin fuerzas. En ese momento se escucharon unos pequeños ruidos. Ruidos de algo duro que caía al suelo y resonaba. Unos botones rodaban por las baldosas. El jefe se irguió y los miró como si aquello le indignara. Después lo acusó de descuidado y se marchó a su despacho, amenazándolo a gritos mientras se alejaba. Nofredo no volvió a moverse ni a decir nada por un rato. Sus compañeros lo miraron de reojo, en silencio, hasta que éste se volvió a enderezar en su asiento poco a poco, con expresión de profunda lástima, y volvió muy despacio a su hoja de cálculo. Alguno echó un vistazo curioso a los botones que habían quedado desperdigados por todas partes.
Más tarde, el jefe volvió a salir de su despacho hecho una furia, dándole una patada a la puerta. Nada más escuchar el golpe, Nofredo y todos los demás encogieron el cuello. El jefe avanzó resoplando y tiró un libro de cuentas a la mesa de Nofredo, que fue palideciendo según el jefe le iba enumerando y asignando todos los menosprecios profesionales que existían. Sus compañeros lo miraban con lástima, como a un perro apaleado, haciéndose entre ellos muecas expectantes. Nofredo fue clavando la barbilla en el pecho y se encogió en su silla hasta que quedó hecho un ovillo. Entonces se volvieron a escuchar los botones cayéndose por el suelo. Decenas de ellos. El jefe se calló de golpe y los miró con las venas de los ojos muy marcadas. Los compañeros contuvieron la respiración.
-Se le caen los botones -le dijo.
Su voz era ronca y contenida, como si esperara una explicación. Sin embargo, Nofredo siguió encogiéndose en la silla, muy pálido, sin decir nada. 
-¿Son suyos?
No respondió. 
-Recójalos.
Tampoco respondió. El jefe apretó los labios hasta que se le pusieron blancos. Finalmente murmuró con una voz seca.
-Está sancionado ensuciar la oficina.
Nofredo siguió sin decir nada y sólo miraba al suelo. El jefe empezó a respirar ruidosamente, como si de verdad intentara reprimirse. Después se dio media vuelta y se marchó encerrándose en su despacho con otro portazo. Durante un buen rato, todos los compañeros de Nofredo se quedaron en silencio sin atreverse a hacer un solo movimiento. Todos miraban a Nofredo, que seguía inmóvil en su silla, encogido y con la barbilla clavada en el pecho. Poco a poco volvieron a trabajar, sin hablar entre ellos, y sólo uno se atrevió a levantarse y coger algunos botones para inspeccionarlos. No se le ocurrió de dónde se le podían haber caído tantos botones. Su traje no tenía bolsillos.
Después de comer, el jefe lo llamó a su despacho. Todos los teclados de la oficina se detuvieron a la vez. A Nofredo le desapareció de golpe toda la sangre de la cara. Para levantarse tuvo que apoyarse en la mesa. Caminó muy despacio, apartando con los pies los botones que estaban esparcidos por el suelo, entró aterrorizado y cerró la puerta detrás de él con muchísimo cuidado. Todos sus compañeros estiraron el cuello para mirar a través del cristal del despacho. El jefe había repartido por la mesa todos los informes de cuentas que Nofredo había hecho durante los últimos meses. Cuando llegó delante de él, empezó a enseñárselos a voz en grito y gesticulando exageradamente, remarcando todo los errores que había cometido, uno por uno, y pasando meticulosamente las decenas de hojas impresas y golpeándolas con el dedo en los lugares donde estaban los fallos. El rostro de Nofredo pasó de blanco a transparente, viéndosele todas las venas, y, cuando el jefe llegó al décimo informe, a Nofredo se le empezaron a caer de nuevo botones de entre la ropa. Primero fueron varios botones aislados, pero el jefe no se dio cuenta. Después, cuando éste empezó a enseñarle otro informe, comenzaron a caer decenas, uno tras otro, sin detenerse, como un río. Pasó otra hoja más y cayeron más aún. El jefe se calló entonces y se quedó mirándolos. En ese momento Nofredo levantó la vista y los botones dejaron de caer. El jefe se levantó de su silla. Le temblaba el labio y entrecerraba los ojos con un odio que ya era personal.
-Se está usted riendo de mí -le dijo.
Nofredo dobló el cuello y clavó la barbilla en el pecho, sin contestar, y cuatro o cinco botones más cayeron y rebotaron ruidosamente por el suelo. El jefe estalló y comenzó a mover los brazos como si estuviera poseído.
-Fuera de mi despacho -gritó, desgañitándose.
Nofredo lo miró desde su espalda encorvada, alzando las cejas en una mirada que transmitía pena.
-Fuera -volvió a gritar. El dedo con el que señalaba la puerta le temblaba por la furia.
Nofredo tuvo un escalofrío. Se dio la vuelta y empezaron a caerle más botones desde lugares invisibles entre la ropa. Con el primer paso le cayeron unos pocos. Con el siguiente decenas. Con el tercero, cerca ya de la puerta, fueron centenares, todos provocando golpes secos de plástico al caer y chocar entre sí. Cuando salía del despacho los botones se desprendían en masa, inundando el suelo de la oficina. A pesar de ello, Nofredo siguió caminando lentamente, consumido por la pena, y los botones se fueron extendiendo y llenando todos los rincones, los huecos bajo los archivadores, las mesas y las sillas, colándose debajo de las puertas, deslizándose hasta las ventanas y cubriendo todas las baldosas. Cuando llegaron a las mesas de trabajo, sus compañeros se asustaron y subieron los pies hasta los asientos.
Entretanto, el jefe abría y cerraba la boca sin creer lo que estaba viendo. Su labio temblaba sin que pudiera dominarlo. Salió de su despacho indignado y se resbaló con los botones que había en la puerta. Los pisó, les dio patadas para apartarlos, intentando que no se le vinieran encima y, rodeado por ellos, señaló a Nofredo mientras la adrenalina le hacía asfixiarse al gritar.
-Váyase de esta empresa, no quiero verlo nunca más.
Tras aquello, se dio la vuelta y comenzó a patearlos descoordinadamente, intentando sacarlos de su despacho. Por fin pudo abrir un hueco junto a la puerta y la cerró con un golpe tan brusco que el cristal se rajó.
Nofredo se había quedado encogido, de pie en mitad de la oficina. Dejaron de caerle botones. Permaneció quieto y sin decir nada, sólo mirando hacia el despacho con expresión de desamparo. Después se volvió hacia su mesa y, lentamente, arrastrando los pies entre las montañas de botones, se puso su abrigo y se marchó. Todavía se escuchó caer alguno por la escalera, rebotando con su sonido plástico al rodar por los escalones.
Un buen rato después, todos sus compañeros aún seguían mirando en dirección a la puerta de la calle, asustados. Luego, uno por uno, volvieron a trabajar en sus ordenadores, pero levantando los pies del suelo inundado de botones. Ninguno se dio cuenta de quién fue, pero hubo alguien que se rió entre dientes, divertido.





SE ME CAEN LOS BOTONES, por Daniel P. Espinosa
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