28 feb. 2013

ELOGIO DE LA MALA CONCIENCIA DE UNO MISMO. Wislawa Szymborska

                                                                                  (A Enriqueta Fellini)


El buitre no tiene nada que reprocharse. 
Los escrúpulos le son ajenos a la pantera negra.
No dudan de lo apropiado de sus actos las pirañas.
El crótalo se acepta sin complejos a sí mismo.
No existe un chacal autocrítico.
El tábano, la langosta, la tenia y el caimán
viven como viven y así están satisfechos.
De cien kilos es el corazón de la orca,
pero no le pesa.
Nada más animal
que una conciencia limpia
en el tercer planeta del Sol.

(Traducción de Abel A. Murcia Soriano)



Tercer planeta del Sol



LAS EDADES

CECILIA GUITER,
Madrid, Ed. Clara Obligado, 2012.



Hoy cumplo ocho años y, mientras, espero a mis amigas y apoyo la frente en el cristal y veo la nieve, como mi vestido de comunión, donde me besó él y nos hicimos una foto, pero no nos casamos y guardé la foto que enmoheció como el vestido de mi boda, con mi suegra criticando hasta que nacieron los mellizos y dijo que se parecían a ella y crecieron gemelos a mi vacío hasta que se fue su padre y yo apenas lo sentí, pero me dolió, me queda la herida y la cremallera me araña la piel, cada agosto más vieja, y tomaré té, que es diciembre y apetece, como apetece la navidad, que nada más irse llega otra vez, distinta y siempre igual, y con la frente sobre el cristal empañado espero a mis amigas, y por el redondel de vaho cae la nieve y entra mi madre con la tarta y las niñas desafinan y cierro los ojos y soplo ocho velas y pido un deseo: que no pase el tiempo, que no pase.








LAS EDADES, por Cecilia Guiter 
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26 feb. 2013

EL FILÓSOFO, II


Los demás no se dan cuenta 
de que los que cultivan bien la filosofía, 
             lo único que cultivan es la muerte.

Sócrates




Escuchó algo que se abría en otra dimensión, quizá una puerta, muy por encima de su cabeza. Y se despertó. Abrir los ojos hizo más presentes los puntos donde el dolor había echado raíces. 
En la misma habitación, su mujer y su hija dormitaban a ambos lados de su cama. Las llamó. 

-— Es el momento.

Con aplomo siguieron sus deseos. Entre las dos lo enderezaron hasta sentarlo. Él apretó débilmente los hombros de cada una, las manos. En su cara se apreció un instante de gozo; después, su abrazo se hizo blando y la cabeza se desplomó. 
Al dejar tras ellas el cuerpo sin vida recordaron sus palabras de aquella mañana:

— Estad tranquilas. Pronto saldréis de esta habitación para continuar vuestra vida; yo moriré. Y solo Dios sabe cuál de las dos cosas es mejor.







EL FILÓSOFO, II, por Mª Pilar Álvarez Novalvos 
Licencia Creative Commons

25 feb. 2013

EL FILÓSOFO, I



A Alain Masson, 
por su sabiduría
y su amor al ser humano.






 — El filósofo debe acudir gozoso a la muerte–, tranquiliza Sócrates a todos los que han llegado de Delos para acompañarlo en su última noche.
— Maestro —pregunta Fedón, porque le aprecia por encima de todos los hombres–, si la muerte es tan deseable ¿por qué no deberíamos buscarla también cada uno de nosotros?
— ¿No estaríamos usurpando su labor a los dioses si eso hiciéramos? La cicuta que van a traerme no la beberé para buscar la muerte, sino para que se cumpla la sentencia que el pueblo de Atenas ha dictado contra mí.
— Entonces –añade Critón–, ¿cómo puedes explicar tu serenidad ante ella?
— Porque no he desarrollado ese instinto que se apega a la vida.






EL FILÓSOFO, I, por Mª Pilar Álvarez Novalvos
Licencia Creative Commons

22 feb. 2013

LA HORA DE LA VERDAD

Marieta Alonso
De Jonás y las palabras difíciles,
Madrid, Ed. Clara Obligado, 2010



-Tú que estás con un pie en la tumba, Ernesto, dime qué se siente cuando las fuerzas te abandonan, cuando te ves convertido en un guiñapo.
Espantó una mosca con la mano. En su interior luchaba por mantenerse en silencio, como siempre había hecho ante él, o por dar rienda suelta a esa necesidad de hablar, de no callar, de exprimirle encima todo su dolor.
-¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Estaba loca por ti. El calor de nuestros cuerpos quemaba más que el sol de mediodía. Sí. Al principio, porque el tiempo se encargó de apagar la lumbre. Ingenua de mí, pensaba que me querías. ¿Me oyes, Ernesto?
Ernesto tenía los ojos cerrados.
-Marché del pueblo para vivir contigo y tu familia. En mala hora, Ernesto, en mala hora. Tu madre nada más conocerme comentó: esta debe saber más que los ratones coloraos. Ha elegido mejor que mi hijo. 
-¿Cómo te sientes, Ernesto?
-Mal.
-Entonces, me oyes.
Y el otro se quedó callado. 
Nunca tuviste el valor de enfrentarte a los tuyos. Yo tampoco. Al principio achaqué a tu familia la culpa de nuestros problemas. ¿Recuerdas cuando tu madre se hizo cargo de nuestro primer hijo porque yo era una inútil que no iba a saber cuidarle? Le diste la razón. Cuando protesté me dijiste que no buscara problemas. Y por no buscar problemas se hizo cargo del segundo y del tercero. Hasta que se cansó, entonces les decía: ¡Anda, hijos! Iros con vuestra madre, que no hace nada. 
El moribundo parecía dormir. 
-Es una suerte que no tengas fuerzas para contestarme. Siempre me mandabas callar, delante de todos.
 Menos mal que tu padre murió. Tus hermanas se casaron a trancas y barrancas, salí de ellas. No tuve tanta suerte con tu madre. Con ella me quedé. Al salir rumbo al trabajo siempre me decías: ¡Cuida a madre!  Al cerrarse la puerta de la calle, madre me miraba y decía: ¡Ya has oído a tu marido!
Me humillaste tantas veces. Una vez amagaste una bofetada. 
Ahora te marchas, Ernesto. ¡Cuánto he esperado un gesto, una palabra, una caricia de tu parte! 
-¿Qué me dices, Ernesto, qué me dices?
-¡Imbécil!




      


LA HORA DE LA VERDAD, por Marieta Alonso 
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19 feb. 2013

CAVALO MORTO. Juan Carlos Mestre








Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Un poema de Lèdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Lèdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola calle forrada con tela de gabardina.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo es un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Un poema de Lèdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aún así se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras con el timbre de las bicicletas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Lèdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lèdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas.

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lèdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite. Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.





JUAN CARLOS MESTRE (1957)

17 feb. 2013

DECÁLOGO DEL PERFECTO CUENTISTA. Horacio Quiroga







       Uno de los cuentistas hispanoamericanos más célebre de todos los tiempos, el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937), fue también dramaturgo y poeta a caballo entre el Modernismo y las Vanguardias.
     Accidentes, suicidios, muertes... marcaron su vida de escritor, donde hallamos hechos de muy diferente índole: fundó la Revista de Salto (su ciudad natal), publicó poemas, cuentos, prosa lírica, relatos para niños y para adultos, novela, novela breve, teatro, colaboró en distintos medios literarios y culturales, fue juez de paz, cultivó yerba mate y naranjas, trabajó en el consulado de Uruguay en Buenos Aires, se casó dos veces y tuvo una hija. 
      Su última novela no alcanzó mucho éxito; a partir de ahí, se retiró para dedicarse a la floricultura. Parece que el hecho de padecer un cáncer gástrico lo impulsó al suicidio.



DECÁLOGO DEL PERFECTO CUENTISTA

1.
Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chéjov- como en Dios mismo.

2.
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

3.
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

4. 
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

5. 
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

6. 
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

7.
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

8.
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta aunque no lo sea.

9. 
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

10.
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.



14 feb. 2013

À ROBERT. Avec Amour

(Traducción al ESPAÑOL en A ROBERT. Con Amor)




Les marins sont les ailes de l'amour, 
sont les miroirs de l'amour, 
la mer les accompagne, 
et leurs yeux sont blonds comme l’amour
il est blond aussi, tout comme sont leurs yeux. 
La joie vivace qu’ils deversent dans les veines
elle est blonde aussi,
identique à la peau qui montrent;
ne les laissez pas aller parce qu'ils sourient 
tel que la liberté sourit,
lumière aveuglante dressée sur la mer. 
Si un marin est mer,
blonde mer aimante dont la présence est cantique,
je ne veux pas la ville faite de rêves en gris; 
je ne veux qu’aller dans la mer où m’inonder,
bateau sans but, 
corps sans but plongé dans sa lumière blonde.


                     Luis Cernuda, Les plaisirs interdits.





A ROBERT. Con Amor

(Traduction en FRANÇAIS sur À ROBERT. Avec Amour)



Los marineros son las alas del amor,
son los espejos del amor,
el mar los acompaña,
y sus ojos son rubios lo mismo que el amor
rubio es también, igual que son sus ojos.
La alegría vivaz que vierten en las venas
rubia es también,
idéntica a la piel que asoman;
no les dejéis marchar porque sonríen
como la libertad sonríe,
luz cegadora erguida sobre el mar.
Si un marinero es mar,
rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,
no quiero la ciudad hecha de sueños grises;
quiero solo ir al mar donde me anegue,
barca sin norte,
cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.

                        
                         Luis Cernuda, Placeres prohibidos





13 feb. 2013

LLUVIA en la REVISTA "EL HUMO" (México)



En su edición digital del mes de febrero 2013, la Revista El Humo 
 ha publicado "Lluvia",
un relato sobre la memoria y el olvido.




¡Muchísimas gracias!
Un gran abrazo transatlántico.
*=)


9 feb. 2013

ME BASTA ASÍ, de Ángel González





Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—; entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,

mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
                     Oigo
constelaciones: existes.
                        Creo en ti.
                                    Eres.

                                                
Me basta).



Pedro Guerra canta este poema. 
En la canción,
voz de Ángel González.



8 feb. 2013

EL EFECTO MARIPOSA

CECILIA GUITER,
De Futuro imperfecto
Madrid, Ed. Clara Obligado, 2012.


      Tiene un zapatito rojo y el otro azul. En el parque vacío de mediodía la niña aprieta una paloma contra su cuerpo. Al agacharse junto a ella el traje de su padre se colorea de tierra. Déjala libre, ¿quieres que se muera? Y la terquedad de la niña. Él se levanta, se sacude las perneras y abre el móvil. Anda, suéltala ya, hija. Cómo odia ese tono.
Acerca la paloma a su mejilla. La roza un momento, los ojos cerrados mientras vuela junto a ella. El bicho está tenso. Por fin la deja ir. No vuela alto. El cielo casi de primavera de fondo. Su padre está hablando por teléfono otra vez. De mala gana sube a un columpio. Papá discute, se altera. Le ve cerrar el móvil de golpe. 
Él se mira los zapatos caros y se siente vulgar mientras su hija se columpia. En el banco, seguramente sucio, hunde los dedos en su pelo, la cabeza entre las manos, un dolor agudo en el pecho. 
A sus pies, un par de gorriones picotean cualquier cosa. Dos zapatitos de distinto color los ahuyentan. Antes de levantar la cara, su hija le rodea la cabeza. Vámonos a comer, anda, papá. Y tiende la mano a la niña mientras siente que se derrumba.
***
Félix escucha ópera en su colmado. En su reloj falta un minuto para las dos. El volumen a tope. Voy a cerrar, ya es hora. Cuando se dirige a girar el cartel de abierto se le cae el refresco y se desparrama. Maldice y olvida echar el cierre. La agonía de Madame Butterfly se mezcla con el sonido del agua hirviendo y el chorro de limpiador que Félix echa en el cubo. Anita ya debe de tener listo el estofado.
Cuando suena la campanilla mira al chico. Las palmas vueltas hacia arriba, pidiendo disculpas. Retiene el impulso de echarlo. Venga, pasa, pero no uses el retrete que está averiado. El joven asiente con timidez. Félix gira el cartel de la tienda, Cerrado, y baja un poco la radio. Anita me estará esperando.
Al oír la cisterna se planta junto al baño. Golpea la puerta, Te he dicho que no tires de la cadena, ¿estás sordo o qué? Lo primero que ve es un puñal y luego el rostro infantil y amenazador. Ante su frase ¡Cuidado con lo que dices, podría ser lo último! retrocede agarrado a su fregona. Mientras el joven se va sonriendo él se deja caer al suelo y le tiembla todo al marcar el móvil de Anita. Madame Butterfly en la radio está a punto de cometer Seppuku.
***
Andy apenas tiene bigote y el pelo despeinado con gomina. Su puñal de imitación amenaza a la modelo, ¡Cuidado con lo que dices, pueden ser tus últimas palabras! Ella le mira seductora y plana desde su cartel que vende ropa interior. Nadie en la parada: el autobús tardará. Andy decide ir a pie. Intimida a los setos, a los árboles, a un perro, que le mira y menea el rabo, olfateando su puñal. Desafía al cielo: ¡Cuidado con lo que dices, p…! Y la frase a medias, interrumpida por el impacto. Se toca el pelo y maldice a la paloma. Con el puñal al cinto entra en la primera tienda que encuentra abierta. 
Instintivamente mira hacia arriba, asombrado por el volumen de la música. ¿Podría entrar al baño? El tendero deja de fregar y Andy, mostrando sus palmas, baja la vista al suelo. Perdone, no me he dado cuenta de que estaba mojado.
Mientras se lava las manos y cuando se quita la porquería del pelo, y al hacer pis y al tirar de la cadena, repite su frase. Cambia de expresión subiendo y bajando las cejas, estudiando su imagen. De pronto, golpes en la puerta. Llego tarde. 
Cuando llega, la directora está sobre el escenario, rodeada por sus actores. Marca posiciones, le regaña. Sonrojado, murmura una disculpa. Otro actor joven le sonríe. Hace ademán de tocarle el pelo y Andy da un paso atrás en el instante en que el enorme foco cae donde debería haber estado él.
***
Bajo el chorro de agua fría, Anita lava las rodajas de patata. Luego las echa en la bandeja. Se le caen dos o tres, las recoge. Un vistazo al móvil. Abrir horno caliente, meter patatas, cuidado, no te quemes. Aprovecha que sale con los aperitivos para dejar el móvil sobre la mesa de la terraza.
Madame Butterfly es su favorita. Sube el volumen. El estofado ya está. La tapa de la olla se le escurre. La recoge, cubre el guiso. Un ojo a las patatas del horno. Me voy a tomar el último vinito. Desde su séptimo piso se ven perfectamente allí, en el jardín, los capullos abiertos de las rosas blancas. La barandilla del ático es demasiado baja para acodarse. El día es casi primaveral. Enfrente, el parque a esta hora está vacío. Félix se retrasa, qué raro. Coge un mejillón y limpia el cuenco para que no se note.
Cuando suena el móvil Anita pone la copa a escurrir. Sale a coger el teléfono con cuidado de no mojarlo. No entiende a Félix, que suena nervioso. Se asoma para disfrutar de la pequeña multitud de rosas que parecen copitos de nieve. No te entiendo, cálmate. El teléfono se le escurre. Cae al vacío y ella intenta alcanzarlo. 
Madame Butterfly escucha su nombre por última vez mientras las patatas se queman en el horno. Fuera, salpicadas de rojo, las rosas blancas del jardín se abren a la primavera. 
       


"El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo." (Proverbio chino)


Licencia Creative Commons
EL EFECTO MARIPOSA, por Cecilia Guiter

4 feb. 2013

LA PROMESA

Publicado en la Revista GROENLANDIA, Nº 15



     No recuerda que el dorso de aquella mano fuera tan áspero. Arrastra los labios por él y, bajo esa textura, intenta apoderarse de un perfume a hortensia latente en su memoria. Revive el roce tibio de la mano contra uno de sus pómulos, luego contra el otro; un estremecimiento vago. Cierra los ojos y la extrema solidez de las puntas de los dedos le deja un acento frío en los párpados.

     — ¿Sir Winter? –oye al mayordomo tras la puerta–, acaba de llegar Lady Rose.

    Consulta su reloj al final de una cadena dorada y, sin apresurarse, abandona el diván.

     — Hágale pasar al salón y sírvale un Oporto.

     Retira unos libros de la biblioteca y, acto seguido, aparecen unos huecos horizontales que dejan al descubierto una serie de pequeñas urnas.
     En una de ellas, bajo la etiqueta "Lady Hortense", deposita cuidadosamente la mano. Con exquisito celo mira la siguiente urna vacía y murmura una promesa que cumplirá antes de que finalice el día.




LA PROMESA, por Mª Pilar Álvarez Novalvos 

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