30 may. 2012

EL ÚLTIMO DESEO



A mi amiga Maya Casserini,
que eligió la eutanasia.


  “Esta pluma no deja claros los trazos. Podría pedir un cuchillo para afilarla pero nunca me lo darían”. Oigo los pasos del vigilante que van y vienen creando huecos en el silencio. En pocos minutos subiré unas escaleras y en cada peldaño presentiré el vacío. Al final de ellas desapareceré. Me apresuro y escarbo con las uñas en las piedras que rechazan, con su dureza húmeda, mi paso por aquí.
Van a venir a buscarme y no he escrito nada. Miro hacia las estrellas. No puedo verlas, pero sé que están ahí. Ellas me inspiran estas palabras, las últimas: “Quiero poder darme cuenta del momento exacto en el que pasaré al otro lado. Quiero darme cuenta de ese nuevo lugar donde viviré en esta hélice infinita”.  
La puerta se abre con un sonido ominoso. Me levanto y el papel cae de mi mano como si el otoño hubiera entrado hasta aquí. El vigilante me invita a seguirle. En algún lugar estrangulo un vómito. Arriba me esperan. Tengo frío. Levanto la vista y apoyo el primer paso en unas escaleras que sueño sin fin...

Acabo de llegar a esta celda; unos peldaños sin memoria me han conducido hasta aquí. Entre sus muros de piedra hace un frío que se instala en los huesos y ya no los abandona. Está tan oscuro que no acierto a ver mis propias manos. Toco mis uñas gastadas en las paredes. Al otro lado de la puerta oigo la voz del vigilante que pregunta si quiero formular mi último deseo. No sé qué responder. Un haz de luz mortecina rebota en una baldosa e ilumina un papel. Lo tengo entre las manos. Su escritura es apresurada y de repente se detiene, como si algo le hubiera impedido seguir. Leo: “Esta pluma no deja claros los trazos. Podría pedir un cuchillo para afilarla, pero nunca me lo darían…” 








EL ÚLTIMO DESEO, por Mª Pilar Álvarez Novalvos 
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