11 sept. 2014

UN MINUTO

Publicado en la Revista de Literatura y Cultura Aztlanense "LA PALABRA", nº 3 (Arizona, 2014)




     Son las doce.

En Dinamarca, el rey Claudio, padre de Hamlet, está durmiendo en su lecho. Y la mano sigilosa de un esbirro, comandado por su propio hermano y por la reina, vierte en su oído un filtro envenenado. 
El avaro Harpagón ha salido a su jardín. Disfruta contando las estrellas en el cielo parisino porque su dinero sobrepasa en número al de los astros. Después enciende un candelabro y, una a una, cuenta sus monedas antes de acostarse. En el desván, los kilos de luises son demasiado pesados. Oro y escombros entierran su cuerpo bajo una nube de polvo.
Los últimos postigos se cierran en Toledo y Lázaro de Tormes aún sigue calle arriba, calle abajo, pregonando sus vinos. Un herrero que debe levantarse a las cinco abre la ventana y con la inmensa fuerza de su rabia estampa una maceta sobre la cabeza del muchacho. Sangre y vino corren por el suelo de la mano.

     Son las doce y un minuto.






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